Durante años se instaló la idea de que aprender es, sobre todo, una tarea de la cabeza. Pero en el desarrollo infantil eso nunca ocurre separado del cuerpo. El niño aprende con el cuerpo, desde el cuerpo y muchas veces gracias al cuerpo. Por eso los escenarios naturales tienen tanto valor pedagógico. En la naturaleza, el cuerpo no acompaña la actividad: la hace posible. Hay que subir, bajar, equilibrarse, cambiar apoyos, calcular distancias, dosificar fuerza, frenar, retomar y sostener el esfuerzo. Todo eso transforma una consigna en una experiencia concreta, y hace que el aprendizaje se vuelva mucho más profundo. Cuando el movimiento tiene propósito, la experiencia gana densidad. No es lo mismo caminar sin sentido que caminar para llegar, trepar para resolver, balancearse para avanzar o coordinarse con otros para completar una tarea. El cuerpo deja de moverse por moverse y empieza a pensar en acción. Eso también modifica el vínculo del niño con su propia capacidad. A medida que logra más precisión, equilibrio y control, gana seguridad interna. Y esa seguridad corporal no es un detalle menor: muchas veces es la base sobre la que después se apoyan la atención, la iniciativa y la confianza para animarse a más. Si queremos niños y niñas más presentes, más organizados y más conectados con sus propios recursos, necesitamos experiencias donde el cuerpo no quede relegado. En los escenarios naturales, aprender deja de ser algo que ocurre sentado. Se vuelve una experiencia completa.
NATURALEZA
Aprender con el cuerpo en escenarios naturales
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