EMOCIÓN

'No quiero subir': qué hacemos cuando un chico se planta

27 de febrero 2026 Tandil Aventura 1 min de lectura

Pasa siempre. Pasa al menos una vez por grupo, y a veces dos o tres. Llega el turno de la palestra, el chico se acerca, mira hacia arriba, y dice tres palabras: "no quiero subir".

A veces lo dice en voz alta. A veces lo dice con el cuerpo: se queda parado a un costado mientras el resto se prepara. A veces lo dice tarde, cuando ya tiene el arnés puesto y está al lado de la pared, y entonces se quiebra.

Lo primero que decimos siempre, antes que nada, es esto: el miedo no es un error. Es información. Y es nuestra responsabilidad escuchar lo que dice.

Lo que NO hacemos

Antes de contar el método, vale aclarar lo que está prohibido. No hace falta haberlo escrito en un manual: si alguien del equipo lo hace, no vuelve a coordinar.

  • No empujamos. Ni físicamente ni con la voz. "Dale, dale, dale" no es nuestro idioma.
  • No usamos al grupo como presión. Nada de "todos te están esperando", "no seas miedoso", "no quedes mal".
  • No prometemos lo que no sabemos. "No te va a pasar nada" no se dice. Lo que se dice es "estás asegurado, mirá cómo".
  • No mostramos decepción. Si al final no sube, no sube. La cara del coordinador tiene que ser la misma que si hubiera subido.

Esto último es clave y se entrena. Porque a un chico de 11 años le alcanza con una microexpresión de un adulto para sentir que falló.

El método en tres etapas

Cuando alguien se planta, nuestro equipo trabaja un protocolo simple: contener, mostrar, simular. En ese orden.

1. Contener

Lo primero es bajar la temperatura. Sacarlo del foco del grupo si hace falta, pero sin que parezca un castigo. Una pregunta directa, sin solemnidad: "¿qué te pasa?". Y después callarse y escuchar.

A veces lo que aparece es miedo a la altura. A veces es miedo a hacer el ridículo. A veces es algo de la mañana —se peleó con un compañero, durmió mal, está extrañando— que no tiene nada que ver con la palestra. Saber qué es lo que pasa cambia todo.

El miedo de un chico es una pregunta concreta sobre algo concreto. Si lo tratás como "miedo en general", no lo vas a entender.

2. Mostrar

Si efectivamente es miedo a la actividad, lo siguiente es mostrar cómo funciona el sistema. No con palabras: con cuerpo.

Le mostramos el arnés. Le hacemos ver el cabo, el aseguramiento, la cuerda. Le explicamos —sin tecnicismos pero sin paternalismos tampoco— cómo está sostenida la persona que está subiendo en ese momento. Lo invitamos a tirar de la cuerda para sentir la tensión. Le decimos: "si te soltás, esto te sostiene. Mirá."

El cerebro de un chico de 11 años no se convence con "confiá en mí". Se convence cuando entiende el sistema. La explicación sirve.

3. Simular

Si después de eso todavía no quiere subir hasta arriba, ofrecemos algo intermedio. Subir un metro y bajar. O subir dos. O agarrar la primera presa con los dos pies en el suelo. Lo que sea que esté un escalón por encima de quedarse parado.

Acá pasa una cosa rara que vimos repetirse cientos de veces: el chico que sube un metro casi nunca se queda en un metro. Una vez que el cuerpo arranca, suele seguir. Sube dos, después tres, y en un alto porcentaje de los casos llega arriba.

Pero —y esto es importante— si sube un metro y se baja, eso también vale. Lo aplaudimos igual. Porque para ese chico, en ese momento, ese metro fue el desafío. Y el desafío es interno.

Y si después de todo no sube

Pasa, no muchas veces, pero pasa. El chico ve la pared, ve el sistema, ve a los compañeros, escucha al coordinador, entiende que está seguro, lo intenta, y al final dice "no, hoy no".

Lo que hacemos es exactamente lo mismo que con quien llegó arriba: lo recibimos sonriendo, le sacamos el arnés con tranquilidad, y le ofrecemos un mate o una galletita. Sin frases consoladoras, sin "la próxima va a ser", sin nada que insinúe que algo salió mal. Porque no salió mal. Probó. Eso era todo lo que se le pedía.

Una y otra vez vimos que ese mismo chico, dos horas después, se acercaba a un coordinador y preguntaba: "¿podemos volver a la palestra antes de irnos?". Y entonces sí, sin grupo, sin testigos, sin presión, subía.

Por qué importa

Una jornada de aventura puede entregar dos cosas muy distintas. Puede entregar la sensación "hice lo que me pidieron". O puede entregar la sensación "yo decidí esto". La primera se olvida. La segunda no.

El método de las tres etapas no está pensado para que más chicos suban a la palestra. Está pensado para que los que suban, suban porque quisieron. Y los que no suban, no se vayan sintiéndose menos.

Esa es la diferencia entre una actividad de aventura y una experiencia educativa. Y es la razón por la que cuando una maestra nos pregunta cuántos chicos completaron todas las actividades, le respondemos: "esa no es la pregunta correcta".

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